Ocupa el congreso, ¿o favorece el cambio de régimen?

¿Crees que por rodear el congreso o sentarte indefinidamente cerca de él cambiarás el rumbo de los acontecimientos?

Como el 15M, Democracia Real Ya o el Movimiento Yo Soy 132, Ocupa El Congreso forma parte del mismo espectáculo mediático, cuyo fin es cambiar el antiguo régimen por otro de similares características.

A lo largo de toda la historia han sido necesarios cambios de régimen, pues los poderes fácticos hace mucho tiempo que comprendieron esta regla. Para conseguir tales fines y que el pueblo no se diera cuenta de que jamás perdería su condición de esclavo, el poder inventó los movimientos sociales, las protestas  y, en última instancia, las revoluciones.

Esto es lógico, pues como una rata, si el pueblo se ve arrinconado y sin salida atacará con todo lo que esté a su alcance, sea cual sea el resultado, más que nada porque no tiene ninguna alternativa. En cambio, si a esa rata (o al pueblo) se le deja un hueco por donde escapar, aunque tal hueco no lleve más que a otro callejón sin salida, sin lugar a dudas lo tomará, pues tanto la rata como el pueblo  ven más posibilidad de supervivencia intentando escapar que enfrentándose a un adversario superior en tamaño y fuerza.

Por eso, debes comprender que tanto las protestas, como las revoluciones (pacíficas o violentas) no están diseñadas para cambiar el régimen esclavista, sino (y por muy raro que esto pueda parecer) para legitimar el que venga, ya sea  éste de izquierdas o de derechas, conservador o liberal, republicano o demócrata, pues el fin es hacer creer a la población en la esperanza de un sistema mejor, más justo, donde los seres humanos serán felices y comerán perdices. Nunca más lejos de la realidad.

Voy a serte sincero: No esperes conseguir nada detrás de una pancarta o con un arma sobre tu hombro, pues tu enemigo no sólo cuenta con ello, sino que además es él el que te proporciona todo lo necesario para que luches, para que te enfrentes a él, ya que sin tu esperanza de mejorar el sistema él nunca sobrevivirá.

No intentes culpar al poder o al sistema de la miseria que padeces, eso sólo agravaría el problema. En vez de eso, empieza por asumir que fuiste tú quien aceptó jugar a su milenario juego, quien de una forma interesada pensó que podría ganar la partida. La realidad es que has sido engañado, pues, sin saberlo, estabas jugando a un juego donde las reglas estaban amañadas desde el principio.

El cambio sólo se puede dar en tu interior, en tu forma de interpretar la vida, en tu forma de actuar día a día y en fomentar las cualidades más bellas que la naturaleza te ha otorgado.

Ni miedo, ni esperanza.

Si olvidamos por un instante la prima de riesgo, la deuda externa y toda esa parafernalia inventada por el poder con la estrecha colaboración de los medios de comunicación, veremos que no es el dinero lo que busca el poder, sino la dominación de la mayoría del género humano. Existen multitud de estrategias que el poder ha utilizado para someter a los individuos a lo largo de la historia, pero sin lugar a duda las crisis económicas prefabricadas han sido las que mejores resultados han obtenido. La estrategia para conseguir tales fines no depende de una cuestión matemática incomprensible, sino de una simple regla de tres: cuanto menos dinero tengas, más te esforzaras por conseguirlo, y, por lo tanto, más sometido estarás a las apetencias del poder.

Con esta simple pero eficaz fórmula, el poder  mantiene a la sociedad entre el miedo a no tener dinero y la esperanza de poder conseguirlo.

Por eso, no es el poder el que ata al individuo, sino el dinero y su interminable búsqueda lo que le encadena a aquel.

Hoy día el dinero se ha convertido en el nuevo opio del pueblo y, como cualquier droga, mantiene enganchado a quien la consume. De ahí,  las incesantes campañas del sistema para que compres, para que consumas, en definitiva para que te conviertas en un yonki del sistema.

Puedes negar la realidad o autoconvencerte de que ésta no es tan mala como algunos la dibujamos, pero recuerda que serán  el miedo y la esperanza los que hablarán por ti, no tu capacidad de razonar.