Un caballo de Troya.

Exponerse a las vilezas que engendra un nefasto ideal es, en mi opinión, la mejor forma de sacar del enconamiento a quien lleva demasiado tiempo envenenado, porque no existe mayor antídoto contra una errónea interpretación moral que enfrentarse plenamente a sus consecuencias.

¡Oh igualdad! Tú que te presentas ante el mundo como el perfecto ideal a seguir, como el rayo de luz que ha de iluminar todos los caminos, como la sabiduría elevada a la máxima potencia. Quienes realmente no te conocen se dejan embelesar por tu aparente dulzura, por tu sublime estandarte, por tu semblante bonachón. ¡Cuántos habrán caído en tus redes!, pero, cuantos las van a rasgar en unos instantes.

¡Oh igualdad! Ya ni siquiera los doctos hablan mal de ti, sino que te veneran. Has conseguido que incluso los fuertes y solitarios enarbolen tu bandera, cuando en realidad es, por excelencia, la bandera de débiles y gregarios, y, como no, de los astutos.

¡Oh igualdad! Tienes la osadía de culpabilizar a los fuertes y solitarios por su condición, y de sentenciarlos en un juicio moral para no reconocer que tus únicos fines son, en primer lugar, hacer más uniforme y moldeable el rebaño, y, en segundo lugar, reescribir una nueva tabla de valores. Pero lo peor de todo no eso. Lo peor de todo es que incitas al resto de seres humanos a la venganza, al resentimiento, hacia un odio impotente contra lo que no pueden ser, (o más bien, contra lo que, por las dificultades que ello implica, no están dispuestos a ser, es decir, una forma de vida poderosa) para no tener que aceptarse como endebles e incapaces.

¡Oh igualdad! Quienes te veneran han dejado de amar, para querer ser amados; han dejado de admirar, para buscar ser admirados; han dejado de respetar, para pretender ser respetados. Todo ello porque cimientan su moral en términos de lucro y provecho, y quieren, por consiguiente, que todas las demás formas de vida se rebajen a su ordinariez y a su medianía.

¡Oh igualdad! Tu estandarte embaucador ha secuestrado hasta al más intrépido de los marineros. Tus corrientes han esparcido sus redes por todos los mares y han conseguido envenenar hasta el más basto océano; pero, ¡Cuantos marineros y océanos no habrán vomitado tus inmundicias!

¡Ay individuo! No busques una interpretación moral para algo que constituye un hecho natural, porque sólo conseguirás alejarte del orden natural de la vida, esto es, de la apabullante desigualdad que defiende la naturaleza.

Un consejo: Aléjate de quienes defiendan la igualdad a toda costa, porque quienes no puedan (o no quieran) llegar donde estás tú, intentarán bajarte para que estés donde están ellos, y te impedirán llegar a lo más alto.

Desenmascarando el presente.

El verdadero rostro que se esconde tras la comúnmente llamada dación en pago no sólo se limita a una mueca de satisfacción en la cara de quienes han perdido su casa y, por lo tanto, ya no tienen una deuda con el banco, sino a lo que realmente se esconde tras esa mascara.

Desenmascarar

Podríamos pensar que la dación en pago responde a un acto benévolo (incluso moral) por parte de los bancos y del sistema para mejorar la maltrecha vida de los desahuciados, o, mejor aún, que los bancos y el sistema ceden a las exigencias del pueblo.  Pero la verdad es que existen varios  motivos por los cuales tanto la banca como el propio sistema necesitan de la dación en pago (en ciertos casos) por su propia supervivencia, por mucho que se piense que han sido la plataforma de afectados por la hipoteca y stop desahucios quienes lo han conseguido.

La dación en pago no es sino la forma que tienen los bancos y el sistema para que no te alejes de ellos, para que sigas dependiendo de ellos, para que no rompas el contrato que hace tanto tiempo firmaste y, por el cual, te comprometiste a seguir sus reglas de juego.

La única forma que tiene el sistema para dominarnos es que dependamos de él, es decir, que tengamos un trabajo asalariado, una hipoteca, una casa en propiedad, una cuenta en un banco, o lo que es lo mismo, contratos, contratos y más contratos. Y cuantos más tengamos mucho mejor para sus propósitos.

Pongamos como ejemplo lo que sucede con los gitanos. ¿Recuerdas cuando el gobierno prácticamente regalaba casas a familias gitanas en el centro de Madrid?

El fin último del sistema era conseguir que esas familias abandonaran su forma de vida. Una vida que si por algo se caracteriza es por estar absolutamente al margen de las reglas de juego y, por consiguiente, al margen de la dependencia que suscita el sistema.

Por eso, la única diferencia entre los desahuciados, a quienes se les ofrece la dación en pago, y los gitanos, a los que les ofrecían las casas, es que los primeros no se van a beneficiar del hecho de ser nuevos en el juego como los segundos, puesto que los primeros ya eran jugadores habituales. ¿Has visto el anuncio en televisión de poker888 donde simplemente por empezar a jugar te regalan ocho euros? ¿Lo comprendes ahora?

Efectivamente,  el objetivo del sistema es que te enganches al juego, por eso, como en cualquier juego, unas veces se gana (como los gitanos) y otras se pierde (como los desahuciados), para que, en último término, todos participen. Por lo tanto, el sistema no se puede permitir que las familias desahuciadas se vean avocadas a la exclusión social debido a una deuda eterna con el banco, porque, en última instancia, el mayor perjudicado sería el propio sistema. El sistema te oprime, pero casi nunca hasta el punto de que te veas obligado a abandonar la partida.

poker

Como la dación en pago no soluciona completamente el asunto de las familias desahuciadas  (ya que estas podrían empezar a funcionar al margen de las reglas de juego  y, por consiguiente, al margen de la dependencia que suscita el sistema), se ha inventado el alquiler social.

Como su propio nombre dice se trata de un alquiler sin más, es decir, otro contrato (ya que lo de social es simplemente una coletilla decorativa), cuyo objetivo es siempre el mismo, hacerte dependiente del juego, o lo que es lo mismo, del sistema.

Pero la máxima expresión de dependencia (y a la vez la más cruel por la falsa moral que implica) a la que nos tiene sometidos el sistema son, sin lugar a dudas, los bancos de alimentos. ¿Acaso piensas que los centros de recogida de alimentos tratan de mejorar la vida de los seres humanos? A simple vista podría parecer que sí, pero al igual que sucede con los gitanos, la dación en pago o los alquileres sociales, los centros de recogida de alimento cumplen la misma función, que nunca abandones el tablero de juego.

Una cosa muy curiosa y que me llama mucho la atención es que, por  ejemplo, cuando se da de comer a gatos callejeros se piensa estar haciendo un bien a esos seres, pero lo que realmente se está haciendo es privarles de la capacidad que estos tienen de buscarse el alimento. ¿Qué pasará cuando la mano que les da de comer deje de hacerlo? ¿Y qué pasará cuando a los mendigos dejen de darles la caridad?

Tranquilos, nunca se dejará de dar a los mendigos la caridad, como tampoco se avocara a un gran número de familias a la exclusión social, porque, a diferencia de los gatos callejeros, el sistema necesita de la dependencia del ser humano por encima de todo para su propia supervivencia y, porque, precisamente, esa es la manera que tiene de que dependamos de él, es decir, de dominarnos.

Así pues, es de vital importancia comprender que todos los actos aparentemente benévolos con otros seres siempre causan algún daño. En algunos casos son más beneficiosos que perjudiciales, pero en otros, debido a esa falsa moral (y en especial  la moral cristiana que no por casualidad inunda desde hace dos mil años la mente de los seres humanos) se destruyen los mecanismos de supervivencia que están presentes en cualquier ser, cuyo fin es convertirnos en seres dependientes, es decir, en seres miserables incapaces de tomar el control de nuestras propias vidas.

He aquí porque la moral juega un papel de cohesión tan importante en la sociedad, ya que sin ella, la dependencia, esa decadente forma de dominación, pasaría a la historia.

Con esto no quiero decir que no haya que ayudar a los semejantes, ¡ni mucho menos! Simplemente digo que la ayuda debe ir enfocada a que el ser humano recupere su capacidad de autogestión. Y para explicar esto voy a usar dos claros ejemplos.

Ofrecerle un plato de comida a un mendigo para que no muera de hambre es ayudarle, pero dar a diario un plato de comida al mismo mendigo es crucificarle, porque mientras no se busque la manera de que él mismo aprenda a proporcionarse el alimento sólo se le estará condenando a la dependencia más inmoral.

De la misma forma, ofrecer cobijo a las familias desahuciadas mientras encuentran una casa es ayudarlas, pero pedir para ellas un alquiler social es todo lo contrario, porque, por un lado, estamos ayudándolas a que no den el paso para abandonar el sistema y, por el otro, el poco dinero que tienen lo van a usar para pagar ese alquiler, condenando a estas familias (de nuevo) a la miseria y dependencia más inmorales.

alquiler social 2

El presidente de Bankia, José Ignacio Goirigolzarri, ha firmado en Valencia un protocolo con la Generalitat para la cesión de trescientas viviendas que irán dirigidas, en alquier social, a familias desahuciadas.

¿Qué hacer entonces?

Yo no puedo (es más, no debo) decirte lo que debes o no debes hacer o de qué manera debes o no debes comportarte más allá de lo obvio, ya que sería un alarde de prepotencia por mí parte. Pero considero que después de leer este artículo no te será difícil vislumbrar acciones beneficiosas para ayudar a los seres humanos (y no humanos) más desfavorecidos de la manera correcta.

Ahora bien, ¿es moral o inmoral defender y apoyar la dación en pago, el alquiler social, la caridad…? Dejémoslo en que depende de lo que se quiera conseguir. Para la supervivencia de los bancos y del sistema es necesario, pero en lo referente a la búsqueda de la libertad del género humano (principal objetivo de éste escrito) es necesario invertir un valor tan desprovisto de utilidad como es la moral (en el sentido referido). Pues esta, como bien se ha demostrado, sólo crea seres humanos débiles, incapacitados, es decir, dependientes. Y no por casualidad todas esas dependencias giran en torno al sistema, también llamado estado de bienestar o sueño americano. Pero voy a tomarme la libertad de acuñar un nuevo término para designar este tipo de dominación: Estado esclavista basado en la dependencia y en la falsa moral.

El estado de bienestar, el sueño americano o el estado esclavista basado en la dependencia y en la falsa moral, es decir, el prometido paraíso terrenal, no debe nublar tu vista, ya que ese supuesto futuro idealista (al igual que su búsqueda) es sólo una ilusión, como sucede con los espejismos en el desierto que engañan a la vista y nos hacen ver agua donde sólo hay arena. De lo contrario, sucumbirás una y otra vez a su embrujo, cuyo fin último es crearte dependencia en el juego y que nunca se te pase por la cabeza levantarte de la mesa para abandonar definitivamente la partida, o dicho de otra forma, conducirte al camino inexorable de la esclavitud más miserable y absoluta.

“Todo idealismo es falsedad frente a lo necesario” Nietzsche.

Insinué al principio que desenmascararía el verdadero rostro, no que éste, tras desmaquillarlo, fuera bello, o, al menos, al estándar de bello al que nos tiene acostumbrados esa falsa moral que tanto nos perjudica.

Pero no mires al futuro con temor, porque no debes verlo como el sistema pretende que lo veas, es decir, como el principio del fin, sino como el fin de ese principio que te llevo a esa situación. Míralo a través de los ojos de un noble y valeroso guerrero, fuerte de los pies a la cabeza, preparado para el peor de los escenarios, pues como decía también Nietzsche en su  magistral obra Ecce Homo: “Todo lo decisivo nace en las peores circunstancias”

No consientas que nada ni nadie decida por ti, y serás libre.